Pinturas, objetos, esculturas, vestidos, videos, fotografías, diseños de vestuario, instalaciones, recortes periodísticos. La exposición antológica de Jorge Lobato Coronel (se inaugura mañana a las 20.30 en el Centro Virla) reúne trabajos de los últimos 20 años y habla mucho de su obra: barroca por donde se la vea, pero no cualquier barroco, sino uno que linkea profundamente con lo kitsch. Y en más de un sentido, porque el barroco puede definirse por el exceso, por el desborde, por la desmesura. Pero además por el amontonamiento de formas, por el abigarramiento de líneas, por la presencia destacada de la ornamentación.
Bajo esta consideración es que puede entenderse que casi no hay espacio en el Centro Cultural Virla que no haya sido ocupado por esta muestra (hay obras hasta en la cisterna del edificio): 250 pinturas, dibujos, grabados y fotografías; 30 esculturas y objetos, y más de 50 trajes y vestidos. Pero eso no es todo: durante dos días el artista proyectará performances y acciones del grupo Tenor Grasso -del cual fue cofundador- en el auditorio. Es que Lobato Coronel -también restaurador- parece haber sido un testigo privilegiado de los 80 y de los 90.
Hay tres líneas de trabajo, al menos, que pueden destacarse en su obra: la que está marcada por la iconografía religiosa, la que resalta la autorreferencialidad y, por último, cuando aborda un neo conceptualismo tardío (tal su incursión de los últimos años).
"Jugando con los opuestos, entre lo sagrado y lo profano, el erotismo y la sensualidad son tratados en su obra desde dos lugares que, en muchos casos, se viven desde la controversia y el prejuicio", señala el curador de la muestra, Jerónimo Sáenz Landaburu.
Títulos como "Cabeza de santo", "Ruth", el sagrario "Olivia" y decenas de obras que representan a Jesús y a la Virgen María aparecen como solemnes por un instante, pero una segunda mirada puede advertir algún gesto irónico en esas imágenes, algo que las modifica. Porque eso debe quedar claro: toda la producción de Lobato Coronel debe leerse en clave irónica.
El espectador está obligado a mirar más de una vez cada pieza, ya que da la sensación de que hay algo que se oculta, que se escapa a primera vista.